miércoles, 30 de enero de 2019

Manuel Sola Martínez


Manuel Sola Martínez

Manuel nació en la Rambla de Jebas cuando en Purchena la gente empolvaba los sueños para preservarlos del tiempo y a los niños les tatuaban el sacrificio con tizones. Manuel nació en mil novecientos veintiocho cuando la única ventaja de la vida era encontrar cortijos sin hambre donde mitigar la fatiga insuperable de la supervivencia y donde desentenderse de aquel vendaval de calma tensa que predecía a la Guerra Civil y que luego acabó por turbar todas las vidas y todas las esperanzas. Manuel es un hombre calmado, con rastros de una corpulencia antigua contra la que también prevalece una sensibilidad silenciosa, y la ternura. Cuando tenía tres años dice que falleció su madre y su corazón se quedó entonces helado como una chimenea sin rescoldos. Como él era el menor de cuatro hermanos, fueron los abuelos maternos los que se encargaron de su crianza, primero en el pueblo y luego en el cortijo del  Cafornal. En el cortijo tuvo que desentenderse definitivamente de la escuela y de cualquier esperanza infantil. Y como sus abuelos no tenían buena relación con su padre, aquello sirvió luego como escusa para que la familia se dispersara sin remedio. Y entonces la servidumbre se impuso sobre todo lo demás. Su hermana Carmen se fue a servir a casa de doña Dolores y su hermano Juan se fue de pastor con el Cubilín. Y como no hubo otra opción para su vida, tuvo que soportar su soledad en aquel mundo telarañado y polvoriento sin rechistar. Aún así Manuel nunca ha recelado de la vida que tuvo, ni nunca se ha mostrado ofuscado por aquel destino. Aún recuerda cómo su abuelo Manuel le puso dos mulos en las manos cuando todavía no tenía la fortaleza para sostenerlos, y cómo supo domarlos con su férreo sentido de la vida. Y cómo vendían chumbos, tomates, higos y uva en las Menas, como si aquella hubiera sido una expedición de aventureros en busca de sitios por conquistar. En el Cafornal la vida nunca tuvo ningún delirio mayor que el de la propia supervivencia y por eso, cuando tuvo que irse al servicio militar, todo aquello se extinguió como si nunca hubiera existido. Dice Manuel que por entonces ya había escogido a su mujer y, cuando quiso formalizar aquel encantamiento, ella le detuvo con una serenidad insólita y le aconsejó que esperaran a su regreso. En la mili dice que revivió su pasión juvenil y que se olvidó de aquellas jornadas interminables de trilla y del trabajo a jornal. En la mili se desentendió por completo del pánico de los destajos y aunque fue machacante de sargentos, aquello nunca le privó de su paseos vespertinos por las calles de Granada, con aquel porte de elegancia natural que atesoraba sin saberlo. Y dice que le gustó tanto, que hubo un momento en el que estuvo decidido a tomar aquella vida militar u dejarlo todo. Pero luego no fue así porque su destino le indicó el camino de vuelta a Purchena, donde ya se había ido a vivir sus abuelos. Y como no tenía otra opción y tuvo que deshacerse de la idea de retornar al Cafornal, dice que no le dejó tiempo a ninguna duda, ni esperó a que le engullera la desidia del pueblo y, como en Barcelona vivía su hermana Isabel, allí se fue. Con una maleta de madera que le hizo Gabriel, se marchó a San Feliu de Llobregat donde su cuñado trabajaba recogiendo lechugas para los payeses.
A Manuel nunca le gustó demasiado la vida en Cataluña porque dice que siempre sintió la limitación de aquella lengua y un desapego natural. Pese a eso, dice que cuando volvió al pueblo para casarse y para volver de nuevo los dos, su desapego se fue haciendo más profundo. Entonces se fueron a vivir a Cervelló y aunque prosiguió con el trabajo en la bóbila en cuanto tuvo la oportunidad se deshizo de aquella vida y regresó a Purchena para atajar su añoranza. Manuel siempre ha tenido muy arraigada su convicción política. Quizá heredada de su familia, que siempre estuvo vinculada con la República desde que a varios de sus tíos los encarcelaran cuando se produjeron las represalias franquistas. O quizá por un sentido de la justicia social transcendente. Recuerda Manuel que el encarcelamiento de su tío Pedro, un activista en la colectividad, y el de su tío Luis, Guardia de Asalto durante la República, les incitó luego a todos a ser más cautelosos cuando el franquismo empleó su propia revancha. Manuel tiene todavía aquella herencia tan presente que dice que, aunque luego nunca dejó de practicar la cautela, siempre fue firme en sus principios. Y por eso siempre se muestra discreto. Y por eso nunca se muestra desairado ni se entromete en la vida de nadie, salvo cuando tiene que replicar con motivo. Cuando volvieron de Barcelona dice volvió al campo, a los parrales de la uva de barco de su cuñado Anselmo. Y como tuvieron que rehacer de nuevo su vida, dice que el cura Donato les prestó su cortijo cerca de la Estación de tren y que allí encontró de nuevo el placer irrepetible del campo. Dice que sus hijos iban a la escuela de la Estación con la maestra doña Remedios y que durante los casi tres años que estuvieron viviendo allí, le dio tiempo para supurar su nostalgia y para ver florecer a su familia. Manuel Sola ha trabajado toda su vida sin hacer acopio de ningún lamento. Cuando se jubiló de la empresa de mármol de don Carlos Tortosa, tuvo el presentimiento de que había concluido todo demasiado rápido. Y creyó entonces que sus sueños se habían disipado sin apenas notar su textura, porque a él le hubiera gustado la vida militar, o haber sido Guardia Civil, pero la intensidad de los días y la premura de la supervivencia lo fueron llevando de un lado para el otro sin saber ponerle ningún remedio. Manuel nació en la Rambla de Jevas en mil novecientos veintiocho. Como su madre murió tan pronto, dice que no recuerda cómo eran sus caricias, ni cómo eran su manos, ni cómo era el resplandor de su mirada. Pero no lo dice con ningún dolor ni el aflige el recuerdo. Es tan solo un sentimiento que prefiere que se quede en el recodo de su corazón, para que nadie lo encuentre. En el mismo recodo en el que también guarda abrazos sin usar, besos prolongados y alguna palabra más de amor que tuvo que ocultar antes de que la ventolera de la supervivencia la engullera con su voracidad natural.     
                                                          

miércoles, 23 de enero de 2019

Rafael Fernández Hernández


Rafael Fernández Hernández
Rafael parece tener el privilegio de una sonrisa permanente y la suerte de seguir estando alegre pese a la soledad inmanente de su propia edad. Y conserva esta cualidad porque siempre afrontó la vida con una mirada sin desdén, y cuando tuvo que sobreponerse a la adversidad siempre lo hizo con su silencio imaginario y su tenacidad.  Rafael nació en la calle el Almendro hace ochenta y cinco años, cuando la partera de Purchena era Carmen la Alférez y los niños venían al mundo sobrecogidos por el estallido de la desesperanza. Dice Rafael que proviene de una familia muy alegre y lo dice sin temeridad, con el convencimiento de que tuvo su infancia feliz aunque todavía tiene el gesto de querer sacarse de su corazón el suceso luctuoso que ocurrió con su padre cuando, después de volver tras dos años en Argentina, dice que tuvo que irse de nuevo por el desagravio de la familia de su madre cuando estos decidieron fugarse para consumar todo aquel amor. Y dice Rafael que su madre estuvo entonces recluida en su propia familia durante los ocho años restantes hasta que por fin convinieron en dejarlos en paz y autorizaron su enlace.
El padre de Rafael fue músico de la banda de Purchena y por eso dice que la música siempre actuó como un percutor en su vida que disparó una afición desmedida. Como la que tuvo con la mandolina que le trajo su padre de Argentina y con la que sentiría luego el estremecimiento de una alegría pura. Una mandolina que dice tenía muy buenas voces y con la que luego acompañaría a las serenatas que daban por las noches en el pueblo cuando aún tenía intacta su vocación de noviero. Rafael nunca ha hecho ostentación de nada salvo del amor que siempre se profesaron sus padres y que luego él también vio que había heredado cuando conoció a su mujer Dolores. Rafael siempre está sonriendo. Sonríe con esa alegría original que le ha deparado el privilegio de seguir siendo alegre el resto de su vida. Y si en alguna ocasión le acecha algún lamento por algo, dice que él solo se evapora con solo recordar las veladas con el picú en su casa, atestada siempre de pretendientes envalentonados con sus preciosas hermanas.
Rafael siempre ha visto con los ojos las cosas que la intuición no le permitía ver con claridad. Por eso siempre ha preferido permanecer alejado de las banalidades y dedicarse a sus cosas. A la música, a su familia, a su propia soledad. Cuando tenía diez y seis años dice que su hermano le trajo un juego de cuerdas de guitarra de Melilla y como su afición era tan profunda, dice que se subía a la cámara y allí, después de que su padre le templara una y otra vez la mandolina, apuraba todo el tiempo que podía para aprender a tocar con aquel método de estar concentrado en su propia exaltación.  Rafael dice que no es un hombre valiente. Lo dice porque su temperamento no conoce el ardor insoportable de otros hombres. Rafael tuvo que dejar muy pronto la escuela porque su padre, que era apoderado en las fincas de Julio Acosta, le apremió con que le ayudara con tantas tierras. Él tenía trece años y un vaivén permanente entre la duda y la revelación. Por eso le gustaba tanto la idea de hacerse cura como le gustaba la idea de hacerse músico. Por eso cuando estuvo algunos veranos trabajando de vigilante en las viñas, dice que siempre se llevaba la mandolina y que era portentoso su sonido en mitad de aquel silencio sepulcral del campo. Igual que cuando estuvo en las cuadrillas de las ánimas, donde dice que pudo experimentar a la misma vez su dos devociones.
Cuando se enamoró de Dolores, la niña Virtudes, él tenía diez y seis años y ella quince. Dice que fue en un día de San Marcos, en la venta el Judío, cuando se apresuró a declararse, y como aquel amor le pareció tan puro, dice que ya no le importó estar luego doce años más de novios si luego podía consagrarse para el resto de la vida. Rafael, Rafalito, nunca hace ostentación de nada salvo del amor por su mujer y por sus hijos. Todavía recuerda cuando nació el primero y el trajín de aquel parto. Dice que el Mollina fue quien los tuvo que llevar en su coche a Almería. Y que era de noche cuando cerca de Albanchez se les rompió. Y que iba con ellos la partera Alférez. Y que tuvo que ser la Guardia Civil la que luego los rescató y custodió hasta el hospital. Y que fueron subidos en un camión como si la vida hubiera perdido su ritmo reglamentario y todo se hubiera vuelto ridículo y divertido. A Rafael le gusta la felicidad que proviene de la quietud de las cosas, del silencio. Por eso, cuando se va a dormir, siempre canturrea en voz baja alguna canción con la que amansar su corazón y con la que dar las gracias a la vida. Porque Rafael dice que está muy agradecido a la vida por todo lo que le ha dado. Por los años de trabajo en Diputación, donde recorrió durante diez y siete años toda la provincia de cabo a rabo y donde experimentó parte de la soledad que todavía contiene su corazón. Y por la suerte de su matrimonio y sus hijos, de los que dice que siempre supieron comprender su carácter y sus ausencias interminables. Y como recuerda las decenas de pensiones en las que se alojó durante ese tiempo, ahora se complace con su propia casa como el aventurero que retornara después de toda una vida de peripecias y algún estrago. Rafael dice que nunca ha sido un hombre perspicaz. Y que nunca le ha perturbado ningún raro anhelo. Y que su pasión siempre ha sido otoñal, sin delirios. Por eso, ahora, en el descansillo impoluto de sus últimos días, cogido de la mano de su mujer,
los dos solos, hay días que comprueban como se han hecho más lejanos los gritos de los pájaros y como la soledad compartida se ha convertido en su patrimonio, y aunque Rafael no tiene ninguna pesadumbre hay veces que se esconde en la terraza de su casa a repasar las sillas o para escatimar su propio tiempo y es cuando le roza un hilo de nostalgia natural y entonces le apremia algún recuerdo con su pareja de lágrimas saladas.


martes, 22 de enero de 2019

Isabel Sánchez Navarro


Isabel Sánchez Navarro

Isabel nunca ha tenido la incertidumbre del amor ni le ha afectado nunca la rara fascinación por el lujo o por la belleza inusitada de las adolescentes. Sus padres siempre estuvieron amarrados a la esclavitud hereditaria de los pobres y por eso a ella nunca la dejaron libre para el regocijo de los juegos y de la confidencias. Isabel desarrollo entonces un misterioso sentido de la orientación y la supervivencia fue el lucero con el que se guió toda su vida, evitándole los desmanes y también cualquier algarabía. Isabel nació en la Ermita Vieja de Oria en una casa donde no había nada. Ni esperanza, ni consuelo, ni más disputas que las de sobrevivir sin rechistar porque, dice Isabel, eran tan conscientes de que no había casi nada que comer que nunca se quejaron de nada, ni lloraron, y cuando había pan siempre se lo daban al más pequeño y cuando había esperanza, la desmigaban para que llegara para todos. La casa de los padres de Isabel siempre estuvo limpia. Los hijos dormían en la cámara y los padres en un dormitorio descangallado del que nunca emanó ternura.  Y como siempre les acechó la inconstancia de un futuro, cuando Isabel tenía doce años tuvo que meterse a trabajar de sirvienta en casa de María Reche de Oria por ver si con aquello se aliviaba el resquemor de tanta miseria y podía ganar algún dinero con el que ayudar a sus padres. Pero dice que no. Isabel dice que aquel tiempo solo le sirvió para arrendar su propia vida y para desear no haber nacido. Y aunque todo lo que ganaba, que eran apenas treinta duros al mes, se lo daba a ellos, había veces que tenía que ingeniárselas y darles trigo y embutidos a escondidas cuando los dueños de la casa no podían verla. Ella decía que venían las ánimas benditas cuando veía a su madre abriéndose paso a empujones entre las tinieblas de aquella casa. Y aunque los dueños nunca lo supieron, con aquello supo que detestaba su vida. Y aunque aprendió que a las penas había que darles careo y echarlas fuera de la cabeza, en cuanto tuvo la oportunidad, se fue de allí. Dice Isabel que sus padres siempre criaron un cerdo y que tenían un bancal a renta. Y que eran cuatro hermanos y que uno, uno que era más hermoso que la luna, un día se quemó y como su hermana le echó agua fría para aliviarlo, dice que con aquello contrajo una pulmonía y que se murió. Y dice que su padre Pedro José Sánchez era muy raro y que nunca le dejó irse con nadie. Y que su madre Sebastiana, que era de Urrácal, era tan pura y obediente, que nunca se le deshilachó ninguna ofensa por nadie y que soportó aquella esclavitud como una condena que sepultó cualquier buen recuerdo. Isabel no tiene ninguna añoranza de su infancia. Recuerda que su casa era pobre, pequeña y limpia. Y recuerda que siendo demasiado niña, antes de ponerse a servir, ya tenía que irse a segar al campo Cisnares o al Contador para poder ayudar en la casa. Isabel, durante los siete años que estuvo de sirvienta, dice que su soledad se hizo inmanente y que cada vez se hicieron más lejanos los gritos de los pájaros. Y aunque estuvo entremedias un año en Reus sirviendo en casa de la familia Padré, en la que dice le trataron muy bien pero que no le gustó porque eran un poco raros y no se sintió cómoda porque apenas entendía lo que se decía, luego volvió de nuevo a la misma casa aunque esta vez con la determinación de escapar de aquel agravio permanente de trabajar para los demás. Y por eso todavía se lamenta de cuánta vida le ha costado encontrar la tranquilidad de no tener que hacer nada, de no tener nada que hacer salvo esperar a que los días transcurran sin el agravio insoportable de tener que trabajar sobre la senda del trabajo hecho para poder sobrevivir. Por eso, cuando decidió fugarse con su marido, todas las dudas se disiparon en un santiamén. Dice que aquella misma noche se esfumaron sus miedos y aunque durante el camino que les llevaba al cortijo los Navarros, el corazón se le quedó helado por el pavor, una vez que llegaron comprendió que su vida había cambiado por completo. Como él era viudo le mostró todo lo que tenía y dispuso que ella sería quien lo administraría. Y entonces se aplacaron los misterios de una vida arrendada y ella se entregó a la rutina de los días sin rumbo. A los dos meses de escaparse juntos se casaron en Oria y allí el cura los bendijo con una par de bendiciones desganadas y, como no avisaron a sus padres, allí se zanjó todo, sin la locura del corazón y con un leve estremecimiento por el futuro porque, dice Isabel, apenas se conocían y aún no sabían quererse. Del cortijo de los Navarros se fueron a los Evaristos y de allí al Serval. Isabel nunca ha tenido una regalo. Ni una sorpresa envuelta en celofán. Por eso dice que no repetiría nada de su vida. Ni la servidumbre, ni aquel trabajo desmedido. Por eso ahora solo le gusta recordar. Recordar el revuelo de su corazón cuando salía de la casa donde servía para irse corriendo a las clases nocturnas de su maestra Doña Josefa, con la que aprendió a leer un poco, pero no a escribir. Isabel nunca ha sido presumida. Ni ha sido estrambótica. Ella dice que siempre ha llevado las mangas a ras de las muñecas para no aparentar mas de lo que era. Y por eso nunca se ha maquillado, porque dice que siempre ha tenido sus propios colores y por eso no ha querido empolvarse más de la cuenta. Isabel siempre procura sentarse junto a su marido en señal de protección. El gesto impávido y ninguna reverencia. Y por eso, cuando el reloj le avisa de algún recuerdo remoto con sus campanillas desgastadas, hay veces que se estremece sin alivio y si cree que va a desfallecer, luego se apacigua viendo a su marido dormitar, con ese cansancio ancestral que solo tienen los hombres que nunca pudieron sobrevivir a la soledad. Isabel Sánchez Navarro tiene las manos finas y la mirada enclenque. Su vida nunca tuvo el inmenso propósito de la pobreza que afectó a otros. A ella le gustaba la vida sin resignación, le gustaba andorrear por el campo con la inocencia de las niñas felices. Por eso no ha tenido que ordenar ningún resentimiento ni ha florecido en su corazón la desdicha. Isabel Sánchez Navarro hay días que guarda un silencio sepulcral para esconderse del mundo. Un silencio sepulcral con el que poder escuchar sus propios latidos y con el que su sombra diminuta puede trepar por las paredes encaladas del salón sin asustarse.

domingo, 6 de enero de 2019

Dolores Alfonso Carrillo


Dolores Alfonso Carrillo
Dolores nació en Albox hace noventa y cuatro años, en la calle las Tejeras, en medio de aquella explosión de tristeza agónica que supusieron los años del hambre. Nació con la preciosa turbación de las princesas, ajena al expolio de su nuevo mundo, con la mirada firme y la curiosidad natural, ajena todavía a la procesión de sufrimientos que estaban fraguando para su vida. Dolores es una mujer natural, con una belleza tan arraigada, que nunca ha querido mostrársela a nadie, ni nunca se ha engalanado para nada, ni nunca ha antepuesto lo suyo a lo del resto. Su propiedad más íntima siempre ha sido la del sacrificio descomunal y la de la una soledad inmerecida. Por eso, cuando ella tenía tan solo diez años y murió su padre, dice que se quedó sollozando de rabia porque el futuro que asomaba el mismo día del sepelio ya le avisaba de una vida de estragos y de sacrificio sin reconocimiento. Y entonces se le fueron retorciendo cada vez más las entrañas porque su madre no podía sostener a los cinco hijos y éstos tuvieron que repartirse entre la familia como se repartía entonces el ganado por las ferias, sin anotar su naturaleza ni sus caprichos. Y como la vida se volvió entonces dura como la sombra de un sepulturero, tuvo que avivar su instinto hasta donde este podía alcanzar y, aunque sobrevivió al hambre con artimañas inimaginables y no le sobrecogió trabajar hasta la extenuación, en su corazón ya había prosperado la tristeza. Dolores se fugó con su novio Miguel cuando tenía solo diez y seis años. Y no lo hizo solo por el amor que se profesaron entonces, sino porque la huida también le aseguraba tener su propia casa y su propio destino. Y como supuso que con aquello podía eludir aquel mundo de tierra arrasada, poco después de acabar la Guerra Civil el encarcelamiento de Miguel por su militancia de izquierdas, zanjó su esperanza de felicidad con un cerrojazo. Primero lo llevaron al castillo de Cuevas del Almanzora y luego a Archena. Cuenta Dolores que iba con una amiga a visitarlo a Archena y que el desprecio era tan exagerado que les daban de comer el rancho que sobraba de los presos antes de ahuyentarlas con amenazas de todo tipo. Cuando Dolores se casó con Miguel, o el tío Miguel, como se le conoció luego, ya tenían cinco hijos y la fe puesta por igual en todos ellos. Les casó el cura don Emiliano, el mismo que les había acogido en el Moro, en el cortijo de Benacebada, en la Sierra de Baza, cuando vio el reflejo de sus vidas sin oportunidades y les remitió toda la piedad que pudo. Dolores todavía recuerda la bondad de aquel cura como una bendición y, como aún es capaz de sonreír con su sonrisa imprecisa, parece que se alivia de su aflicción cuando cuenta lo dicharachero que era, y cuando dice que ponía la misma  pasión cuando hacía de marchante de ganado en Baza, donde aventaba su sotana para que se cerraran los tratos, como cuando apaciguaba las desdichas de su familia acogiéndoles sin pedir casi nada a cambio. En Benacebada, donde trabajaban el campo y arreaban una ristra de mulos con un afán desaforado, el estigma del encarcelamiento de Miguel se filtró sin remedio y, recuerda Dolores, hubo un tiempo en el que tuvieron que sobrellevar aquel espanto con permanentes visitas de la Guardia Civil, que aunque nunca las usaron para reprenderles, al final acabaron por llenarles de temor. En los inviernos de Benacebada la vida se consumía sin esperanzas y por eso, parte de la familia tenía que emigrar a Barcelona a trabajar en el carbón para las estufas o para limpiar en las casas como la única oportunidad para aliviar su encanijada economía. La familia de Dolores siempre conoció el vértigo de la supervivencia con un hábito desolador que, si bien no les amilanó en ningún momento, siempre les mantuvo en un permanente estado de excitación. Y por eso siempre tuvieron el hatillo listo para ir de un lado a otro, en un periplo incesante rastreando cualquier oportunidad para la vida. De Baza se trasladan a Cerro Muriano, en Córdoba y, después de unos años, regresan de nuevo a Benacebada donde Dolores cumple con la maternidad y tiene otros cinco hijos más. Dolores es una mujer con un corazón pacífico. Pese a las interminables oportunidades para rechistar por la dureza de la vida, siempre escogió su calma porque, aunque siempre trató de asfixiar los peores recuerdos con cal viva, nunca lo consiguió. Y cuando en alguna ocasión sufrió una afrenta insoportable y su alma se abrió en un delirio incontenible, luego pensó que si se lo confesaba a alguien solo obtendría el repudio y por eso se escondió en un silencio puro y guardó su secreto en lo más profundo de su pecho. Y si quiso desvelarlo, el propio temor le astillaba los dientes y le consumía la esperanza por vivir. La vida de Dolores ha estado determinada por una sacrificio extremo y por un interminable. Dice que hasta que no llegaron a Purchena y fueron acogidos por Rafaela, a la que llamaban la tía coja, no pudo vislumbrar cierta calma y pudo apaciguar el estigma que acarreaba desde tanto tiempo. Y así la vida anduvo luego entre el molino de la muerte en el Marchal en Macael, donde dice Dolores que había una higuera en la puerta que devoraban con la impaciencia de su nueva vida, y el cortijo Al Far de Purchena, donde tomaron una yesera para certificar que todo aquel tiempo pasado quedó relegado a un recuerdo de pesares inmerecidos. Dolores es una mujer que ha desistido de su pasión natural por recostarse en la cama a la espera de que se pueda cumplir cualquiera de sus innumerables sueños incumplidos. Y aunque no tiene las heridas abiertas ni le carcome ningún odio, hay días que sus suspiros son tan poderosos que parece que estuviera reviviendo un dolor profundo como una sima. Dolores tuvo doce hijos y otro que perdió. Y tuvo el amparo del cielo cuando no había otro remedio para sus anhelos. Y por eso, ahora, cuando la vida ya ha pasado y le ha rendido las cuentas, solo ha quedado el misterioso efecto de su silueta en la cama, con su ternura infantil, acurrucada sobre sus bracitos, contando las horas que le restaban mientras apuraba su último lamento con una sarta de lágrimas diminutas en señal de su prodigiosa fortaleza y de su exagerada bondad. Y por eso Dolores navega ahora en su propio cielo recopilando toda la ternura que la vida trató de ocultarle.

viernes, 4 de enero de 2019

Antón el hojalatero


Antón Cortés Torres

En el cruce de Urrácal se espantaba las moscas con un látigo de madera de cerezo y el hambre con un zarpazo de garras ahumadas. Solo hacía unos días que se había casado, en un acto que duró lo justo para estampar las firmas y conjurar la vida con dos miradas, y como no tuvo el revuelo de novicias con hábitos bordados ni el bullicio de las palomas asustadas, cuando apareció por el camino de Purchena, después de cruzar por la sombra del olivo del pirulí, parecía el mismo niño robusto y tímido que amaestrara su papa José María cuando tenía ocho años y le acuciaba entonces con la combinación de ternura varonil y la severidad para que aprendiera el oficio de la hojalatería como único recurso para postergar la pobreza.

Se llama Antonio Cortés Torres, pero es Antón, Antón el hojalatero. Cuando era niño, su madre Frasquita le prevenía con abrazos para ahuyentar el dolor miserere y como notaba que miraba con incrédula atención, también le enseñaba la textura y el color de los higos secos para que aprendiera a distinguir los mustios de los sanos, y también lo balanceaba en el mecedor para que adquiriera el hábito de la calma. Cuando Antón se asomó al cruce de Urrácal, como tuvo el presagio de una vida mejor, se amarró la esperanza con una hebilla de esparto y mientras se acomodaba el calzón remendado con doble hilo, alentaba a su joven mujer con caricias efímeras y sofocaba a la burra con oraciones misteriosas. Antón tiene las manos tibias como el azúcar recién tostado y unas ansias en el pecho que nunca han demorado su sonrisa ni le han privado de la hegemonía de su apariencia de gitano completo.

Cuando llegó a Urrácal, las calles estaban desiertas bajo un sol tenaz y las casas cerradas, sin vestigios de vida interior. Como le daba vergüenza vocear y no tenía las ostentación de otros gitanos que afligían a los niños con historias inventadas de esteras voladoras y laberintos habitados, que les provocaban correndillas ruidosas y espontáneas, prefirió la suerte de su mirada cautiva y el rumor de su voz. Así aprendió a cambiar viandas y alcuzas por tocino y pan, y trébedes pequeñas para matanzas por platos de higos y lana. Hasta que no encontró donde vendieran el latón, tenía que buscar latas de sardinas de las escombreras y seleccionar las más rectas para sacar piezas completas y las más gruesas para extraerles el estaño, obligándolas a gotear sobre una montonera de arena y fuego.

   Antón, el hojalatero de Purchena, siempre ha encontrado quien le preste un abrazo y quien le llene las aguaderas. Y cuando tenía hambre, le daban. Y cuando tenía frío, lo amparaban. Y cuando quería migas, echaban más agua. Y por Semana Santa, cuando quería buñuelos, le regalaban celemines de harina de trigo y aceite y papas, Ahora, a los ochenta y tres años todavía aparece firme y recto, con su salud de piedra y la misma ilusión de aquel día recién casado, cuando después de atravesar la sombra del olivo, pensó en la vida y buscó un lugar donde sentarse y que no le diera el sol, para poder echarles el culo a los cubos de los marranos o para lañar algún plato, mientras mitigaba la vida con oraciones misteriosas y caricias de hojalata.

viernes, 28 de diciembre de 2018


Ginés Cuenca Martínez
A Ginés lo bautizaron en la pila de San Ginés para dejarle indicado que siempre tuviera encendida la esperanza de volver a Purchena pese a las penurias que lo pudiera asediar y a los trastornos que la vida le deparara. Ginés sigue siendo un niño, con la serenidad indefinida de los niños. Y lo es no por ninguna impostura ni por ninguna casualidad. Ginés sigue teniendo la mirada infantil y la sonrisa sin complejos porque con cinco años tuvo que detener el júbilo de los juegos y atenuar su fantasía cuando murió su padre y se quedó a expensas de un orfandad inmerecida que le llevaría luego, sin explicaciones, al Colegio de Huérfanos Ferroviarios de Ávila cuando apenas había cumplido los ocho años. Aquel suceso intempestivo dice que nunca le ocasionó ningún agravio mayor que el de verse solo cuando la soledad era impropia para un niño locuaz y vital como él. Con ocho años recuerda que se montó en el tren con su madre para emprender un viaje sin esperanzas. Por eso dice que su madre lloraba y que él se abrazaba a la maleta de cartón para no quebrarse del miedo. Y por eso dice que cuando llegaron a los pies de las enormes puertas del colegio, después de dos días de un viaje desolador, estuvo media hora abrazado luego a su madre, tratando de consolarse de aquella impotencia con susurros indescifrables y con promesas inconfundibles. Mientras a él lo llevaron al colegio de huérfanos de Ávila, recuerda que el resto de los hermanos tuvieron que quedarse luego con su madre sirviendo de la casa de Juan Gutiérrez.  La vida de Ginés en el Colegio de Huérfanos Ferroviarios del Opus Dei, luego no fue distinta a la del resto de los hijos de ferroviarios –su padre había sido toda la vida ferroviario- salvo porque a él quizá le invadió una tristeza. Y como cuando llegó no tenía ni calzoncillos con los que cubrirse, dice, fue entonces cuando comenzó a avivar su astucia y su ingenio para procurarse las supervivencia. Y mientras se consolaba con la profusa correspondencia de su madre -le enviaban cartas casi a diario en las que siempre metía cinco pesetas- él no reparaba en esfuerzos por hacerse cada vez más valioso en el colegio. Y entonces comenzó a leerle las cartas a los compañeros que apenas leer. Y a los que no sabían escribir, se las escribía. Y dice que ayudaba a lavar a los más pequeños a cambio de nada. Y como la rutina que imponía Sor María era tan determinada, lo mejor ocurría solo los domingos cuando salir para ir al cine, aunque a la vuelta tuvieran que rezar sin fe y dormir sin sueño.
En aquel escenario de clausura y falsa devoción, donde todo estaba impuesto y nada se podía discutir, fue donde Ginés adquirió la destreza de su corazón. Y aunque no tiene un recuerdo desolador, porque al final se impuso una camaradería fabulosa entre los internos, cuando a los cuatro años de estar en aquel colegio, lo trasladan de Ávila a Madrid, a otro colegio, esta vez mixto, allí cambió todo. La perspectiva de Madrid al fondo con sus aventuras colosales, dice que le disolvió la represión de los años anteriores. Y como se abrió el cielo, dice que la mejor diversión fue la de expiar a las chicas de la sección femenina. Y la de tramar falsas expectativas. Y como la actividad principal era el deporte, dice que se apuntó a tantos como pudo. Y del baloncesto se pasaba al fútbol y del futbol al atletismo. Allí se fue forjando su espíritu atlético que luego, cuando con quince años tuvo que volver al pueblo, le serviría para convertirse en uno de los ídolos más aclamados del fútbol comarcal. Ginés siempre ha sentido una adoración especial por su padre. Cuando éste murió  dice que no fue a verlo porque le daban miedo los cuerpos inertes. Aún así, su recuerdo siempre estuvo presente en su vida.  Su padre era mozo de agujas y Ginés aún recuerda ir subido con él en la zorrilla, que era una especie de carromato ferroviario que recorría las vías impulsado por un artilugio que movían con sus propios brazos.
Cuando a los quince años volvió en verano al pueblo, dice que ya nunca más pudo regresar al colegio. Y ya no pudo regresar porque fue entonces cuando se enamoró de su mujer Dolores, dos años menor que él, y cuando vio que podía tener su propia vida. Él tenía diez y siete y ella quince. Ella estaba embarazada y él atónito. Aquella relación nunca tuvo la aprobación de sus suegros, que solo consintieron cuando decidieron fugarse juntos a Olula. Cuenta Ginés, que todo se zanjó una noche. Don Ginés, el cura, oficio a la misma vez su boda y el bautizo. Y como todo fue tan apresurado, dice que ni su madre, que estaba en Barcelona, pudo asistir a la celebración. Ni su madre, ni nadie.
Cuando volvió de Madrid dice que ya era tan hábil jugando al fútbol que en cuanto lo vieron jugar lo ficharon. Empezó en el Olula y luego pasó por el Baza, el Huércal Overa, el Puerto Lumbreras, el Águilas. Su destreza era tan sobresaliente como lo era su acierto anotando goles. Fue entonces cuando empezó a crecer la leyenda de el Cuenca. Y hubo motivos para la leyenda porque Ginés no escatimaba en éxitos. Goleador implacable, delantero habilísimo. Todavía recuerda un partido contra el Vera en el que metió seis goles. Y otro contra el Granada en el que metió otros dos, antes de enzarzarse a tortazos con un jugador contrario. Y recuerda a Miguel, el hijo del tío Miguel, y a Tomás de Urrácal, que eran los taxistas que le llevaban a jugar los partidos fuera. Y recuerda que llegó un momento en el que jugaba en un equipo teniendo en vigor ficha con otro y como aquello al final llegó a oídos de la Federación de Fútbol, dice Ginés que un día le enviaron un telegrama con un mensaje tan nítido y expeditivo, que allí acabó todo.
Luego dice que estuvo en Alemania diez meses gastando sin medida su propio dinero mientras enviaba a su familia el dinero que le prestaba su primo. Y luego en el mármol durante cuarenta años donde se destroncó de tanto trabajar. A Ginés le gusta la verdad de las cosas. Y la locura de su corazón. Y ayudar a los demás. Y no le gusta la orfandad. Ni la soledad que aún florece en su corazón. Ni la tristeza inmerecida con la que lo alimentaron en el Colegio de Huérfanos Ferroviarios, ni el número con el que lo enclaustraron: el ciento cincuenta y uno.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Juan Lizarte Mirón


Juan Lizarte Mirón
Juan Lizarte tuvo siete novias y un amor inconfundible para cada una de ellas. Y no es un capricho de su imaginación ni una secuela de aventuras fingidas, sino la ciencia cierta de su corazón. Juan Lizarte nació en el cortijo de Onegar cuando la perspectiva de la vida era la medianería del campo o la herencia de una miseria prolongada, porque dice Juan que en Purchena había muchos caciques y las ganancias de las tierras eran tan exiguas que quien quería vivir de aquel trabajo tenía que doblegarse sin la garantía de ningún futuro. Juan quiso ser cura cuando el padre Damián le iluminó son sus sermones perfectos y con aquellos arrebatos de misericordia por los más pobres y, aunque luego desistió, aquella soflama tuvo luego su efecto porque, dice Juan, cuando fue taxista nunca tuvo ningún reparo en asistir a mendigos que encontraba por la carretera y si había que darles para comer, les daba, y si había que llevarlos a cualquier sitio, los llevaba entre los asientos de los que emigraban hacia Barcelona con aquella descomunal respiración de pavor por la incertidumbre de su destino. Pero eso fue después, después de que le decomisaran el corazón una y otra vez. Juan aprendió a leer y a escribir con un maestro que iba por los cortijos. Y aunque aquella enseñanza fuera espuria y apenas aprendían nada, dice que fue suficiente para poder escribir su primeras cartas de amor. Y es que Juan siempre ha preferido los designios del amor a los de cualquier otra cosa. Dice que la primera vez que se enamoró fue de la hija de don Carmelo el médico. Y que fue en la finca la Campana. Y que ella se llamaba Paquita. Y que se le declaró antes de irse a la mili. Y que ella le dijo que su corazón era de otro. Y, dice Juan, que a los dos meses de aquel desagravio recibió una carta donde ella le proponía solo amistad. Y dice que al final Paquita se quedó soltera, y sin novio. A Juan siempre le ha gustado la parranda. Cuando todavía estaba en la finca de Onegar, dice que mataba conejos y escogía los huevos más brillantes de las gansas para llevárselos a Suflí a convidarse con los amigos. Y como nunca tuvo previsión para la pasión, en aquellos viajes siempre se contagió de amor. En Sierro, en Suflí, en Lúcar, en Albox, y en Purchena. De Sierro todavía tiene inmaculado el recuerdo de Mercedes de quien dice se enamoró en una playa de Barcelona y, como fue tan repentino y tan claro, dice que ella le regaló una cruz con una cadena de oro que luego recogió con un presentimiento: “esta cruz será tu cruz”, se dijo. Y así fue porque al poco tiempo, ya en Sierro, y cuando él pensaba que ya estaría consagrado a aquel amor, dice que un médico que recelaba de aquel sentimiento, le emborrachó y recuerda que perdió los papeles y su galantería y con un desprecio banal zanjó aquella relación aunque el bombo de su corazón lo negara durante mucho años después. Juan siempre ha sido locuaz y atrevido. Cuando se iba a la vendimia a Francia dice que siempre estaba un mes más sin que nadie sospechara que ese mes adicional lo dedicaba para ir a Mallorca a volver a ver a Mercedes. Como aquel amor parecía revelarse como infinito, Juan no escatimaba esfuerzos para reencontrarse con ella, pese al suplicio que luego le ocasionó su ardor, porque además de tener que ocultarle a sus padres su destino escribiéndoles cartas a través de su hermana en Francia, aún recuerda que aquella farsa le obligaba a tener que pedir luego dinero para proseguir con su delirio, o como en alguna ocasión, a tener que trabajar en las carreteras para poder regresar a Purchena intacto. Y si se enamoró en Sierro, también lo hizo en Lúcar cuando llevó desde Onegar una marrana para vender y conoció a Carmen. Y si con Carmen todo se disipó una noche de teatro en la que él coqueteó con una cantante y ella se enteró y a los dos días le envío una carta que zanjaba cualquier esperanza, en Tïjola el estropicio fue con una chica de Bilbao a la que llevó al cortijo haciéndose pasar por propietario y obligando a sus hermanos a fingir que eran sus sirvientes. Todo ocurría siempre con la misma naturalidad. Tanto el júbilo como el desencanto posterior. Juan es un hombre bueno. Sin rencillas. A todas las mujeres que quiso las sigue queriendo con esa especie de fraternidad que solo unos pocos pueden macerar. Estando en el servicio militar fue cuando todo cambio. Acostumbrado a renegar del campo, en la mili su anecdotario prosiguió de una manera tan estrambótica que solo él es capaz de relatar. Y dice que estando Cartagena, sirviendo en el submarino D1 tuvo un percance que le obligó a ir al hospital. Y dice que allí se enfrascó en las lecturas de Cristo Rey y, como luego él las repetía con su grandilocuencia, dice que sedujo de tal manera al personal, que luego no tuvo problemas para que le dieran todos los permisos que solicitaba. Y allí mismo cuenta que lo confundieron con un enfermo mental y que lo tuvieron recluido durante tres días pensando que su desparpajo era locura. La vida de Juan cambia cuando vuelve del servicio militar y cuando ya está enamorado de la que luego sería su mujer. Fue entonces cuando compra la primera licencia de taxi y cuando compra su primer coche: un 1500 blanco que le costó veintidós mil duros. Entonces su vida fue la carretera y sus aventuras, y sus trifulcas. Como las que aún recuerda que siempre tenía con el Guardia Civil Pelos Blancos. Y recuerda que ocultaba el olor de las morcillas con el humo de su puro. Y recuerda que una vez se dejó el remolque del coche en mitad de la carretera después de desengancharlo por un pinchazo. Y recuerda que todo aquello ocurría con tanta naturalidad que hasta los huesos de algún muerto que tuvo que transportar, se morían de la risa. A Juan Lizarte no le queda ningún rastro de seres imaginarios, su vida ha sido certera. Y como escogió la libertad de ir donde quisiera, no le aflige ningún rencor por nada ni le remuerde ningún recuerdo. Por eso cuando se sienta a mirar frente al mar de sus días restantes, aún escucha el escándalo de los amigos en las comilonas, y el escándalo del Barrio Chino de Barcelona cuando las putas le veían aparecer con su bolsitas de morcillas y su acalorada felicidad. Y como aún es capaz de detectar el rubor oculto de las mujeres porque siempre les dedicó una adoración inimitable, hay veces que se ensimisma en su recuento y cuando creen que se duerme, es que está removiendo con sus manos el cofrecito de sus sueños secretos.

lunes, 24 de diciembre de 2018

Dolores Rojas García
Dolores, la hija de María la Bendejas y de Pepe el Barceló no tiene aún el registro de los días en los que no pudo abrazarse a su padre cuando el afecto era el único lujo que podían permitirse casi todas las familias de Purchena. Y no pudo sumar más afecto que el que pudo porque su padre, siendo ella apenas una niña, se fue a trabajar a Madrid y la dejó a ella y a su madre al amparo de un amor inconmensurable. Su padre, Pepe Rojas, trabajaba de capataz en la empresa Cubiertas y Tejados, y con el sueldo que ganaba, recuerda Dolores, todos los meses les mandaba plátanos, quesos y dinero en monedas. Y que siempre desayunaba sopas de pan con leche, y que su tarea principal era traerle a su abuela cantarillas de agua. En aquel estado de indiferencia a los tumultos que se avecinaban, la vida parecía tener un soplo de esperanza que solo se vería interrumpido cuando empieza la Guerra. Su padre tuvo que volver de Madrid escondido en un camión de colchones y como no pudo evitar el reclutamiento, dice Dolores que se fue al frente de Burgos hasta que lo capturaron para llevarlo a un campo de concentración en el que estuvo diez meses. En aquel tiempo la fortuna era mantenerse indemne a la locura que se apoderó de todo. Recuerda Dolores que su abuela, en su afán por sobrevivir de cualquier modo, se ocupó de lavarle la ropa a un legionario a cambio de magdalenas. Y recuerda que aquello era un privilegio en el pueblo porque el que no estaba encerrado de cualquier manera, tenía que hacer cola frente a los soldados para mendigar un café de caldero. Dice Dolores que el único alivio que se podía encontrar en aquel tiempo era la resignación, y que por eso, como su padre nunca regresó tras el cautiverio en el campo de concentración porque volvió a Madrid cuando le reclamó de nuevo la empresa, se resignaron. Por lo menos hasta que a su madre le sorprendió la meningitis, que en aquel tiempo sepultó a casi todas las personas que la padecieron, y entonces tuvo que irse ella también a Madrid para poder curarse. Dolores tenía diez y ocho años y la sombra de su abuela María como el único amparo. Con su abuela se dedicaron a custodiar la añoranza y los recuerdos hasta que ésta decidió llevársela a un cortijo de la familia en Tíjola viendo que en Purchena no llovían los panes del cielo aunque se destroncaran los riñones a trabajar. Aquellos cinco años en el cortijo de Tíjola, dice Dolores, la retrasaron en todo. Sucumbió al desamparo de sus padres, se deshizo de las ilusiones que le aferraban a otros mundos, se contagió del ímpetu de la añoranza y dejó de tomar precauciones con alguna esperanza. Dolores tiene los ojos oscuros y melancólicos, y las manos blanqueadas. En los años que estuvo en Tíjola dice que dormía con su prima Lola con la que luego se aliaría para escaparse por el pajar cuando se barruntaba que los militares habían organizado algún baile sin miramientos en el que la premura por contagiarse del amor descomponía las lámparas para que las parejas pudieran besarse sin el acecho de ninguna mirada desdeñosa.
En Tíjola Dolores era la Purchenerilla. Dolores siempre fue una muchacha escrupulosa, con una bondad que compensaba su fragilidad. Por eso, cuando cerraron la escuela que había en la estación porque una riada estuvo a punto de tragársela, a ella le entró un escalofrío de moribundo y su andar se volvió pétreo cuando tuvo que desilusionarse de casi todo. Dolores estuvo en el cortijo de Tíjola cinco años. Como su padre no regresaba de Madrid, su abuela optó por volver a Purchena para estar con su madre. Dolores, entonces, se quedó sola ahuyentando sus propios miedos, con el augurio de la tristeza que solo mitigaba en las veladas con su prima bajo la noguera. O con la fantasía de algún amor completo que aún no había asomado. Dolores conoció a su marido Manuel Sáez, el Cantoriano, después de que una prima suya le dejara el puesto de sirvienta en casa de doña Dolores y de don Miguel el médico por irse a servir luego al pueblo de Válor. En aquella casa, donde cuidó luego al hijo del matrimonio, a don Paco el médico, y luego a los hijos de éste, dice que fue feliz. Dice que estuvo veinte años y que fue entonces cuando su corazón se despabiló. Manuel el Cantoriano vivía pared con pared de su casa con lo que sin verlo, dice que lo podía presentir. Entonces iniciaron un noviazgo que no parecía un noviazgo porque todo brotaba con una naturalidad nada ingeniosa. Dice que cuando volvió del Servicio Militar con una pleura que por poco lo mata, empezó todo. Como ella ya había adquirido los hábitos de una cuidadora experimentada, lo cuidó. Y como siempre tuvo el afán por la lectura, dice que le llevaba novelas por las tardes para que se entretuviera, y que había veces que lo recogía en su manos para que no se desmembrara de desesperanza.
Dolores, la hija de María la Bendejas y de Pepe el Barceló es una mujer con una ternura natural. Por eso sus recuerdos están repletos de un amor sin medida. Dice que sacó adelante dos casas, la suya y la de don Paco el médico, y en las dos se mantuvo firme ante la cobardía. Y cuando volvió su padre de Madrid y apenas encontraba trabajo, se encomendó al cielo contratando una Novena para rezarle a la a la Reina de los corazones, abogada de las causas difíciles y desesperadas, para que lograra que su anterior empresa firmara los papeles para su jubilación, y dice que por las plegarias, los firmó. Y cuando se casó a los treinta y seis años, dice que se envalentonó y que aprendió de una modista de Baza y que luego empezó a comprar telas para hacer cortinas. Y que lo mismo vendía leche que le traían de Macael, que criaba marranos o que iba a trabajar a las conservas. La vida de Dolores siempre tuvo luego el mismo propósito: que sus hijas estudiaran y que nunca se dejaran sorprender por la desazón. Dolores no tiene ya la urgencia del corazón ni soporta en su regazo ningún agravio. A ella le sigue divirtiendo mirar sin ser vista y complacer a quien se cruza con ella con ese gesto liviano de gratitud que solo tienen las personas que ha dedicado toda su vida a administrar el tormento del resto sin pedir nada a cambio.

domingo, 23 de diciembre de 2018

Josefa Benito Muñoz


Josefa Benito Muñoz
El padre de Josefa nunca quiso que ella se echara novio porque era tan alegre que solo de pensar en su ausencia y en que se podría esfumar su remolino permanente de vitalidad, se le torcían las entrañas y entraba en una especie de trance irrevocable parecido al silencio sepulcral de los mutilados. Josefa es una mujer con una dignidad majestuosa. Josefa recuerda todavía como en la escuela las niñas iban por un lado y los niños por otro. Cada uno su propia educación. Y recuerda como su padre se iba a vender a Macael para poder comprarle luego la Enciclopedia. Y cómo luego daba las lecciones en voz alta con aquella soltura impropia para su edad. Josefa es una mujer con una vitalidad incandescente, casi arrolladora. Y si siempre tuvo dificultades para ver bien y nunca la diagnosticaron a qué era debido y nunca pusieron remedio a su miopía, a ella aquello nunca la amilanó. Por eso siempre se sentaba en la primera fila en la escuela y su atención era tan prodigiosa que nunca se quedó atrás en nada. Y cuando necesitaba algún refuerzo, recuerda que su padre la acomodaba en la mesa camilla con la luz del carburo, y con aquel prodigio dice que aprendió a multiplicar y a sumar, y si tiene un recuerdo por encima de otro, dice que fue el de la tabla del seis. Josefa aún recuerda cómo de abandonados estaban los niños de su época. Y como de abandonadas estaban también las mujeres. Y cómo, por aquel abandono, ocultaban los embarazos con la treta de que habían comido gachas, recuerda. Y dice que lo hacían porque nunca le dieron a las mujeres su propio valor y por eso cuando se quedaban embarazadas y las fechas no concordaban con las de su casamiento, la sospecha y el rumor de la gente les afligía hasta casi hasta hacerlas caer enfermas. Josefa nunca se ha pintado los labios ni se ha deleitado delante de nadie. Su hábito primordial siempre fue el buen humor y un amor irreprochable por su marido Frasquito de Sierro, con quien se casó con treinta y siete años envuelta en un ardor de esperanza y de lealtad incalculables. La familia de su marido era molinera pero cuando murió el padre de Frasquito decidieron trasladarse a Purchena para coger dos molinos. Fue entonces cuando se conocieron y cuando sellaron una vida juntos. Se casaron en mil novecientos sesenta y dos y ese mismo año tuvieron a su primera hija Josefa Mari. La vida de Josefa se volvió entonces tersa y apaciguada y, recuerda ella, que se liberó de aquellos años de aire enrarecido donde disipaba las horas aprendiendo a bordar y aprendiendo a recitar las lecciones de memoria. Josefa nunca se ha amilanado por nada y por eso dice que tuvo que sobreponerse a su tiempo con una pericia fuera de lo común porque los niños de su época estaban desatendidos y despojados de cualquier esperanza. Cuando se casó con Frasquito todo aquel universo se extinguió por otro donde se impuso cierta felicidad. Y entonces recuerda que se habituó a coser con más intensidad y saber esperar con aquella impaciencia de la vida renovada, y a permanecer en silencio para poder escuchar la llegada de su marido. Josefa estableció a partir de su casamiento una relación perfecta con su familia de Sierro con la que recuerda se juntaban por las noches para comer potajes de morcilla en casa de su prima María Cantos y para conjurar un destino sin perjuicios. Josefa se puso las primeras gafas cuando ya tenía cuarenta y dos años. Y aunque con aquello no recobró la visión de aquel mundo, nunca se incomodó porque desde niña había aprendido a vivir con su propio tiento, y como nunca le faltó destreza para desenvolverse con soltura, luego hizo la misma vida. Josefa tiene intacta su felicidad original y como había aprendido en la escuela a dar las lecciones de memoria, como le había enseñado doña Herminia, doña Matilde y doña Dolores, su memoria es prodigiosa. Josefa tiene su propio mundo. Un mundo sin tinieblas en el que ella divisa con claridad sus recuerdos. Y como sus sueños son tan nítidos dice que hay veces que siente un temor frío inexplicable porque dice que habla con personas fallecidas y que ve a la gente bailando y que todo ese bullicio imaginario no le altera la parsimonia de su carácter. Pero es solo un sueño, un sueño de miedo con las esclusas del tiempo del que siempre emerge con un repullo y una sonrisa sin maquillaje, tan perfecta como la silueta de su enorme corazón. Josefa tiene todavía dos anhelos intocados. El de su madre y el de su marido. El de su madre porque todavía tiene grabada su estela de mujer prodigiosa y tenaz pese a que le faltara un brazo tras una caída fortuita de un burro. Y el de su marido, con el que aún conversa sin abalorios sentimentales. Su marido, que falleció hace treinta y tres años, un día de Santo Cristo, cuando después de caerle encima un tractor, dice que se le gangrenó la herida de su pierna y que el daño, como fue tan profundo, se lo llevó sin remedio. Josefa tiene la piel tersa y arrugada, y un sentido de la orientación tan profundo que le permite viajar en varios mundos a la misma vez. Por eso, ahora que ha aprendido a hablar con el más allá, ya sabe que no existen las tinieblas ni el hedor de profundos lugares, y por eso se siente tranquila, sin el alboroto del temor. Josefa Benito es una mujer completa. Una mujer atenta y sosegada que ya solo quiere brincar por los pasadizos de su poderosa imaginación, ahora sin la premura de aquella supervivencia que le hizo ser más sagaz que el resto y que nunca le quitó la sonrisa. Josefa Benito, la hija de Juana la manca, no tiene remilgos por nada. A ella le gusta todavía el comadreo de los enamorados y la lealtad por sus vecinos. Y le gusta el silencio. Y recogerse una mano sobre la otra en señal de conformidad.  Josefa Benito siempre ha tenido su propio mundo. Y su propia mirada. Y sus propios recursos para la vida. Por eso, cuando se sienta, con el espaldar de la silla a la altura de sus hombros, hay días que mira al cielo y le parece ver su sitio reservado junto a su padre, con la luz del carburo, enumerando otra vez en voz alta cada una de aquellas lecciones que debía aprender para que nunca nadie pusiera en duda su valentía ni su profundo amor por la vida.




sábado, 22 de diciembre de 2018

Jose Carrizo Vega


Jose Carrizo Vega
José Carrizo roía los bordes de la cartilla de la escuela para aliviar su inmensa vocación por la vida o para que aquello le alimentara la virtud de una eterna locuacidad. José lo cuenta con una sorna ancestral. La misma que sigue teniendo hoy en día, aunque ahora el reflejo de su propia historia es un permanente vaivén entre la nostalgia y una revelación espontánea. José Carrizo siempre ha eludido los discursitos sentimentales y siempre ha escogido la determinación, la franqueza, y un humor innumerable. José nació en la Rambla de Jevas, en el barrio de Triana, en una familia con seis hermanos y dos burras muy grandes de las que solo recuerda el nombre de una: Rucia. José dice que nunca se lo ha llevado el viendo por nada. Ni cuando su hermano desapreció en el frente de Usera y ya nunca supieron nada más de él. Ni adónde lo llevaron, ni dónde lo enterraron. Ni cuando después se fue a la mili al cuartel de San Jerónimo de Granada con su maleta de carpintero blanca y un hatillo de aventuras todavía sin germinar. Rafaela, la madre de José, siempre estuvo enferma de bronquitis y por eso fue su abuela Virtudes la que le crió. Y como lo hizo con tanta indeterminación, José creció con aquella cordialidad inusual que siempre suscitó una confianza inmediata en el resto. Por eso, en cuando pudo deshacerse de la vigilancia de su padre, se fue solo a las clases nocturnas con el Pepe el Pepón, a quien dice que nunca le pagó porque nunca tuvo el dinero y de quien dice que luego lo expulsó de sus clases sin hacer acopio de ningún rencor. Luego José tomó el mismo hábito con otros maestros hasta que se agotó la beta y tuvo dejarlo para conformarse con la manada de cabras de su familia y con su alegría originaria.
A José le gustó el servicio militar. La vida militar. Todavía recuerda cómo pasó sin problemas aquella prueba para ser Cabo que consistía en ordenar y puntuar correctamente la frase “ahí hay un hombre que dice ay”. Y recuerda que en cuanto la superó le hicieron machacante de sargentos y que entonces su confianza se hizo tan notoria que en muy poco tiempo ya era capaz de montar una ametralladora con los ojos cerrados.
Al poco de volver del servicio militar, y después de haberle hecho vender las cabras a su padre, tuvo que retomar el trabajo en los parrales del cortijo Paroya de Ángel Salas, donde cultivaban uva de barco que traían en sarmientos desde Ohanes. Por entonces él ya había comenzado a sembrar también su amor por Pura la de federo el Loco de Sierro. Una amor tan portentoso que ya nunca pudo destilar ningún otro. Dice José que después de siete años de noviazgo, se pudo casar con el consentimiento de toda la familia y que hicieron el viaje de novios de Sierro a Purchena y que ella ya tenía el ajuar cuando encargaron los muebles a Paco el carpintero. Y dice que su vida fue luego tan liviana y feliz, que ahora el recuerdo se le aparece como una ilusión bellísima. José Carrizo, el hijo de Aureliano y de Rafaela conserva todavía aquella felicidad doméstica que tenían las familias si recelos. José empezó al poco tiempo a trabajar en las fincas de los Jurado y al poco tiempo también abrió su propio bar. Dice que Pura siempre supo administrar aquel barullo de días y noches y nunca le puso ninguna objeción las veces que cerraba de madrugada para irse luego sin dormir a montar parrales. El bar Carrizo fue una aluvión de juventud y jaranas interminables. Allí unos apostaban por ver quien era más forzudo, y otros se destroncaban porque creían morir de amor. José tuvo aquel bar durante veintiún años. Dice que allí floreció gran parte de su alegría inmanente y que allí dejó zanjada cualquier duda sobre su destino. José nunca tuvo la inquietud por irse de Purchena porque allí lo tuvo todo. Amasó su propio dinero, que dice que al principio guardaba en el Banco Siero. Aventó su amor por Pura con un goce inusitado. Y como siempre estuvo comprometido con la vida, acuñó su propia sonrisa de colores en el rostro. José nunca ha conocido la pereza y, aunque es ateo, dice que todas las noches se complace con la idea de que Dios le está oyendo y que comprende sus súplicas y que por eso se persigna con un gesto nada ceremonioso, aunque reglamentario. José Carrizo dice que es un hombre justo y confiado y nunca ha tenido la desventura de parecer otra cosa. Y aunque no pudo completar uno de sus sueños, que era el de haber sido militar entre polvorines y detonadores de explosivos y estratagemas fabulosas, él se complace con el resto de su vida. Una vida que no le ha causado grandes estragos ni le ha quitado la rutina de su amabilidad. Dice que todo el tiempo que lleva viviendo solo le ha servido para comprometerse aún más con la vida que le resta. Y que sigue teniendo el corazón generoso y una magnífica vocación para el amor. Por eso ahora se sienta como un sultán junto a la carretera a contemplar la lluvia y a rememorar los años en los que estuvo en el servicio militar y a saludar con la distracción de un sabio porque la vida dice que le ha dado casi todo lo que le ha pedido con el mismo truco mecánico de sonreír siempre sin esperar nunca nada. José Carrizo vive todavía con la misma pasión adolescente que le sirvió entonces para no tener que aparentar nada delante de nadie. Se sirve de su propia vida para permanecer intacto al tiempo y cuando le asalta el sopor de su longevidad, dice que siempre cae en la misma cuenta: mirar hacia el horizonte, obedeciendo a una costumbre de su soledad con la que todo se alivia y todo deja de tener dureza.
A José le gusta repantigarse en su silla de playa cuando llega el verano para preservarse de los malos augurios. Y le gusta pasear sin convencionalismos. José Carrizo todavía gesticula como un niño hambriento. Dice que no tiene el secreto de ninguna cosa, ni conoce la alquimia de la felicidad, ni recuerda el olor del luto. A él le sigue gustando casi lo mismo que le gustaba antes: el recuerdo del amor incondicional por su mujer Pura, el del revuelo de la juventud en las madrugadas de su bar y el placer de saber que su nostalgia se desvanece todas las mañanas en la niebla dejando en su lugar una inmensa curiosidad por la vida. 


jueves, 20 de diciembre de 2018

Encarna la Remendá

Encarna García Belmonte
Encarna aprendió desde muy joven a empampanar, a escardar remolacha y a sembrar patatas con la distancia justa de una caña que le había fabricado su padre, quizá para que siempre tuviera la medida correcta de las cosas y para que nunca sucumbiera al despropósito ni a la servidumbre. Y aunque ella nunca fue consciente de aquella enseñanza, luego en la vida siempre tuvo las cosas claras y si tuvo que despojarse del amor, lo hizo sin agraviar a nadie, aunque siempre lo hizo con una firmeza inaudita.
Encarna nació en la calle la Parra, en una casa de dos plantas muy grande en la que siempre hubo mulas y una burra, “platera”, que dice Encarna que todos los años le criaba. En casa de Encarna siempre tuvieron la previsión de asegurarse las provisiones para todo el año y por eso en la planta alta siempre guardaron el trigo, las calabazas y colgaron los tomates de una simiente catalana que dice Encarna que eran tan especiales que casi nadie supo nunca de su existencia. Y es que la posguerra le instruyó en la supervivencia de tal manera, que nunca fue remilgosa con nada ni le espantó el trabajo, tal y como le había enseñado su abuela Rosa, que hizo las veces de madre y de confidente, y por eso ya con doce años ya se ganaba su propio jornal en las parras acarreando agua con sulfato por doce pesetas.
Encarna es una mujer impetuosa pero con un ímpetu dulcificado por su propia voluntad y por la propia naturaleza de su casa en la que tuvo que convivir con otras tres hermanas. Encarna es Encarna la Remendá , y lo es porque unos novios azorados por el amor, descubrieron a través del agujero del llavín a su bisabuelo Antonio preparándoles una cencerrada. Y como quisieron amonestarle por aquel acoso banal, y vieron que tenía aún las marcas de la coz que le había dado días atrás una burra, y que tenía aún puesto el vendaje para que suturara la herida, dice Encarna que fueron aquellos novios los que le pusieron a su bisabuelo el apodo del Remendado que luego ha heredado toda su familia sin hacer acopio de ningún recelo. Encarna sigue teniendo todavía la mirada intensa de su juventud y la misma elocuencia con la que presumía en las clases de costura con doña Remedios, donde dice que siempre destacó porque siempre tuvo unos ardiles fuera de lo común. Y lo mismo hacía punto de custración, que hacía ojales o vainica, o sobre vainica. Y cuando quiso tener su primer muñeca dice que fue ella quien se la fabricó con trapos y un saquito de serrín al que adosó una cabecita cosida con hilo colorado. Encarna dice que está muy agradecida con el ser que dios le ha dado porque siempre ha resuelto las adversidades con una suerte de alegría insólita. Y por eso recuerda que con tan solo siete años ya se iba a la plaza a vender pimientos o uva o manojos de alfalfa para luego comprarse sus zapatitos. Y cómo en las navidades su padre tocaba los platillos y el triángulo mientras ella hacía lo mismo con las postizas en mitad del revuelo de aquellos bailes en los que entre los pretendientes había unos que apostaban para que las muchachas bailaran y otros para que no lo hicieran en una especie de trifulca sentimental sin maldad. La vida de Encarna siempre ha estado unida a la de sus hermanas y a las veladas nocturnas en las que se reunían a desperfollar o hablar del amor,  o se jugaban los garbanzos a la reposá o al cinquillo. Y en los veranos, cuando los higos se asomaban con su rugosidad perfecta, dice que recogían unos para los marranos y otros los usaban para hacer pan de higo pisándolos una y otra vez sobre la tendía. Encarna siempre ha sido una mujer muy bella. Cuando empezaron a aparecer los primeros pretendientes, recuerda que su padre se apoderó del oficio de carabina y si ella se iba a pasear al puente o a ver películas al cine JUMA, su padre siempre guardaba la distancia justa para el acecho. Aquello a ella nunca le incomodó porque Encarna siempre ha hecho lo que ha creído conveniente. Y cuando tuvo su primer novio y éste se molestó porque la vio a ella subida en el coche de un primo suyo, lo tuvo claro desde el primer instante antes de su desplante. Y aquel mismo día le dijo que no y si él se quedó perplejo por la aflicción y se recogió en los brazos de su madre exhalando una tristeza agónica, y su madre quiso mediar para poder reconquistarla, la negativa estaba tan fundada que nunca tuvieron tiempo para negociar nada más. Al poco tiempo conoció a Pedro y fue con él con quien conquistó el resto de su felicidad, por lo menos hasta que a él lo volteó el viento de la luna y tuvo que dejarlo todo para entregarse a los cuidados de Encarna. Y entonces los recuerdos de la noche de bodas, donde dice ella que se le olvidó el camisón y tuvo que afrontar el primer beso con apenas el viso y la carita de pavor, se atenuaron. Encarna dice que a pesar de todo siempre fue feliz con su marido. Y aunque nunca había calculado el sacrificio que luego le sobrevino, porque a parte de guardar el ganado cuando él tenía que podar las parras, tenía que levantarse a las tres de la mañana para ir a lavar al lavadero, lo que luego se tradujo en dormir una noche sí y otra no para abarcar toda aquella tarea, nunca se le escapó ningún reproche. Y cuando él enfermó, ella lo medicaba sin que se diera cuenta. Y fue entonces cuando pusieron la tienda. Y cuando hacía embutidos con la carne que traían a escondidas de Urrácal. Y cuando hacía roscos por las noches. Y cuando descubrió que, pese a la desventura, aquello era la culminación natural de su amor. Encarna y Pedro se hicieron la foto de casados seis meses después de contraer matrimonio. Fue una foto sencilla, sin abalorios, sin lujos. Igual que fue luego su vida. Dice Encarna que ahora lo ensueña, que todavía sigue hablando con él con la misma naturalidad con la que lo hacía entonces. Y aunque sabe que no es real, a ella le gusta pensar que no ocurrió nada de lo que ocurrió y que la vida sigue teniendo la belleza ilusoria que tenía cuando era una niña y su divertimento era mirar por el llavín de la puerta para ver sus todos sus secretos.